Por Roberta Ostroff
Ha pasado mucho tiempo desde los primeros días de Hollywood, cuando un vaquero que saltaba sobre un caballo o simulaba conectar un gancho de derecha a la mandíbula de un adversario, podía hacer que el público jadeara de emoción. La acrobacia cinematográfica se ha convertido hoy día en una industria multimillonaria, y su tecnología se ha hecho cada vez más sofisticada, al grado de que algunos profesionales planean sus acrobacias por medio de computadoras.
Casi todos los acróbatas se consideran a sí mismos como atletas profesionales. De unos 400 miembros del Gremio de Actores Cinematográficos que dicen ser acróbatas, más de 100 viven de eso (…). Son expertos en caballos, automóviles, caídas desde gran altura. Los acróbatas que tienen una reputación por su estilo y calidad de trabajo pueden llegar a ganar cerca de 200.000 dólares por año, gracias a los ingresos adicionales por concepto de actuaciones en televisión.
Muchos de los nuevos practicantes de esta profesión tienen antecedentes como gimnastas. Ahora el profesional usa trajes metálicos a prueba de fuego y máscaras de plástico no inflamables, a fin de poder convertirse en antorcha humana. Se para sobre un émbolo neumático (dispositivo que lo lanza al aire a gran altura) en lugar de utilizar trampolines. Cuando salta desde un edificio alto, cae sobre una bolsa de nailon inflada que amortigua su caída.
Hay acróbatas de 50 y 60 años de edad que siguen haciendo correr automóviles, y muchos que con gusto pasarían toda su vida adulta trabajando en eso, pero su estado físico no les permite hacerlo. Los pies fallan primero. Los tobillos sólo pueden soportar determinada cantidad de saltos y caídas. Cada vez que uno de estos osados hombres hace rodar un automóvil, tiene que soportar contusiones y golpes aunque sea muy cuidadoso. El organismo se rebela contra el abuso. Cuando muchos acróbatas llegan a los 40 años, tienen tantas piezas metálicas en su cuerpo que no podrían pasar por un detector de metales en un aeropuerto.


Comentarios recientes