Mientras aquel anciano caminaba por la playa al amanecer, vio que un joven, unos pasos adelante, iba recogiendo de la arena estrellas de mar, que luego arrojaba al mar. Por último, al llegar hasta el joven, el viejo le preguntó por qué hacía eso. La respuesta fue: las estrellas de mar extraviadas en la arena morirían si las dejaba allí hasta que el sol calentara la playa.
-Pero hay muchos kilómetros de playa, y hay allí millares de estrellas de mar. ¿Habrá alguna diferencia después de ese esfuerzo tuyo?- objetó el anciano.
El joven miró la estrella de mar que tenía en ese momento en la mano, la lanzó al mar y replicó:
-Para esta sí habrá diferencia.
Anónimo
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Una disculpa que aún lleva resabios de rencor o de ira no podría considerarse disculpa; por tanto, el requisito esencial de la verdadera disculpa es la oportunidad con que se ofrece. Porque dar disculpas (o aceptarlas, si es el caso) exige preparación; el cambio de los resortes emocionales dispuestos para la batalla, a los resortes emocionales de la conciliación. Unas veces, la disposición a arrepentirnos puede surgir en un destello de intuición; otras, acaso nos cueste una noche de insomnio o un prolongado resentimiento. En cualquier caso, hemos de pasar por ese proceso emocional.
Una disculpa es muy semejante a un pastel; si se da a medio cocer, en realidad no se ha logrado nada.
Laurence Shames
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Nadie debería escuchar con atención a un hombre que pronunciara una conferencia o un sermón sobre “su filosofía de la vida” hasta saber con exactitud cómo trata este orador a su esposa, a sus hijos, vecinos, amigos, subordinados y enemigos.
Sidney Harris
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Algunas personas saben mucho más de lo que dicen. Por desgracia también ocurre lo contrario.
S.D




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