Por David Bodanis
Del reloj despertador surge una onda sonora esférica que viaja a la velocidad del sonido (1193 k.p.h.) hasta que choca con la pared. Parte de esta energía hace que la cortina se caliente, y gran parte del resto rebota y entra en los oídos de las dos personas que están durmiendo, hasta que las despierta. Una mano femenina oprime el botón y apaga la alarma. Entonces se enciende automáticamente el radio del despertador, y se oye una serie de crujidos cuando la mujer mueve el botón sintonizador.
Mientras el hombre camina hacia el baño, algo se mueve bajo sus pies: son seres vivientes que entran en actividad. Se trata de diminutos ácaros del polvo; miles y miles de ellos: ácaros machos, ácaros hembras, ácaros recién nacidos, y hasta los esqueletos aplastados de los tatarabuelos de esos organismos, muertos hace ya tiempo. Y los hermanos de esos ácaros empiezan a moverse en la cama, donde han pasado la noche cómodamente acurrucados debajo de la pareja humana.
La casa se queda vacía, pero no estática. La luz solar incide en los cristales de las ventanas, y algunos rayos penetran y se enfocan en ciertos lugares. El efecto es que la mesa del comedor se calienta, se despega el formaldehido del barniz, y también se calientan las fibras de la alfombra y las bolsitas de aire que se forman entre ellas, todo lo cual origina un lento erizamiento, además de corrientes de aire.
Cuando una gota toca el fondo del lavabo, produce dos sonidos separados. A nosotros nos parece muy breve el golpeteo entre gota y gota, pues dura apenas una centésima de segundo; pero la gota tiene tiempo de retorcerse, rebotar y estremecerse antes de que suceda lo inevitable: la gota revienta y la energía liberada hace vibrar el lavabo. Como el diseño del lavabo es el equivalente acústico de un banjo deforme, la gota produce al chocar, como primera parte de su nota aguda discordante, un pin, y la segunda parte, un ton, es el efecto acústico del golpe de fragmentos de la misma gota.



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